Un cuadro para viajar




Henri Rousseau ("el Aduanero"), "La encantadora de serpientes" (1907, París, Museo d'Orsay)






El sol de la tarde se va meciendo, despacio y suave, hacia la línea del horizonte. Un perfume de cientos de flores tropicales se derrama junto al río y nos envuelve, dulce y caliente, invitándonos al sueño y al olvido de todos los pesares. El aire es de nácar, la luz un ópalo de brillo desgastado, cada vez más pálida y ausente.

Ella ha surgido de la espesura, primitiva, desnuda y virgen como la selva; igual que una diosa antigua y olvidada. Y baila y hace música, y su canto conjura la naturaleza entera. El bosque se abre rendido ante su paso, porque su voz contiene todas las voces ancestrales, todos los sonidos y colores de la Creación. En efecto, es el primer día de la Creación, y el mundo amanece nuevo e impoluto, intenso, abrupto e inocente. Sólo la serpiente es vieja, y se mueve sabiamente al compás de la música primigenia. 

Henri Rousseau fue un pintor autodidacta, un artista completamente original, ajeno a las corrientes de su época y apenas parecido a ninguno de sus contemporáneos. Supo, sin embargo, abrir nuevos caminos a la creación artística gracias a una técnica singular,  una manera de pintar que lograba dar a sus obras la apariencia primitiva e ingenua -naïf- que constituye sin duda su sello principal. Otros muchos artistas seguirían después los pasos de Rousseau. Nuestro pintor es capaz de imprimir en sus paisajes una atmósfera mágica, casi surrealista: a veces dulce, otras enigmática y a menudo temible. Es la niñez, con todas sus pulsiones, con su desbordante fantasía convertida en arte. Curiosamente, Rousseau confesaba que para él la experiencia creativa era a veces demasiado intensa. Como pintaba siempre recluido en su estudio -rara vez lo hizo al aire libre-, a menudo  se sentía turbado por sus propias imágenes y tenía que abrir de par en par las ventanas de la habitación donde pintaba, porque le asustaba el rugido de sus propias fieras o la misteriosa espesura de sus bosques y sus selvas. Quién sabe qué rincones adormecidos de nuestro subconsciente logra despertar el arte, tanto para quien lo hace como para quien lo contempla.




Edward Hopper, "Puente de Manhattan" (1928, Massachusets, Addison Gallery of American Art)





Qué bueno es perderse entre las calles de la gran ciudad un domingo luminoso de invierno, cuando todo duerme todavía y la quietud es tan grande que apenas oyes más que tus pasos; porque este día que comienza es como una lámina brillante de asfalto, piedra y sol.
 Para mí la luz del invierno es la mejor de todo el año. En primavera el cielo es aún un poco diáfano, y nunca me ha gustado esa claridad perlada y plomiza del verano, que no puedes ni mirar porque te quema. Y aunque el resplandor del otoño es casi tan hermoso, sobre todo por la tarde, yo prefiero el invierno, con ese azul celeste que es el azul de todos los azules, tan duro y transparente como una piedra preciosa. El cielo del invierno envuelve todas las cosas y aviva sus colores: los rojos son más rojos, los verdes más verdes, y todo refulge como si estuviera nuevo. No hay nada mejor que levantarse temprano, comprar el pan y el periódico y desayunar sin prisas tras la cristalera de una cafetería. Hay que abrigarse muy bien y caminar de prisa para entrar en calor y, aún así, notas siempre en toda la cara la limpia delicia del frío.
 Frío, calma, azul y cielo son la materia con la que se ha ido construyendo esa dicha pequeña y humilde que es la verdadera dicha, ese regocijo diminuto que te hace levantar el rostro buscando el sol, y que arquea tus labios proyectando el esbozo de una sonrisa casi secreta, tan fugar y a la vez tan perfecta como el aire de la mañana.



Edward Hopper, "The Lighthouse at Two Lights" (1929, Nueva York, M.O.M.A.)
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"Todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas en su propia manera". Al igual que desde la ventana de mi habitación veo pasar transeúntes, alguna que otra hoja marrón y papeles pisados que vuelan no muy alto, puedo divisar otro paisaje más profundo sentada en uno de los sofás del cuarto de estar. Siempre que escojo un libro y tomo asiento en mi lugar favorito, mis ojos tienen tiempo para abandonar un momento la lectura y fijar, una vez más, la atención en este cuadro, colocado en la pared. Una casa, un faro, verde, amarillo, y muchos recuerdos... Una familia habita esa vivienda. Asumen su pobreza pero no sus dificultades personales, pues quieren superarlas juntos. Viven, conviven, sobreviven; el color amarillo fuerte del campo que rodea su hogar es el lugar preferido de juego de dos criaturas de seis años. Son felices, o lo intentan, o tienen actitud ¿Y si las familias felices se parecen porque parecen ser felices? En esta casa, junto a este faro, tan originalmente iluminada por el Sol, vive una familia supuestamente desgraciada que tiene un secreto para ser diferente: luchar sin olvidar salir a jugar juntos sobre el prado.
Después de haber contemplado un día más esta obra de arte, miro alrededor y me siento, como siempre, tan dentro de mi familia que nada ni nadie podría robarme esos quince minutos de domingo por la noche. Abro el libro de nuevo.

(Laura Mateos Candelario. 2º de Bachillerato, I.E.S. Dr. Fernández Santana, de Los Santos de Maimona).




Gustav Klimt, "Girasoles en el jardín" (1905-1906, Viena, Galería Belvedere)


"Olvidamos lo más puro, y a veces sin querer olvidarlo. Tan de color verde fuerte es esta obra que olvidas que cada una de esas flores tiene su propia esencia. Pero, ¿eres tú el jardinero que no humedece de igual manera sus ojos al asegurarse de que sus flores no consumen el agua que les proporcionas con el mismo entusiasmo? Ellas no son libres; las más humildes, cuyas semillas fueron esparcidas en umbría, se sostienen paralelas a la autovía y sus espinas son un invierno constante. Las más ricas juegan con su luz de fotografía o de pintura, como si de algo efímero se tratase. Sólo el jardinero con corazón las escucha a todas. Es eso lo que las hace iguales; y es que sus pétalos sí escuchan por igual, sí son libres, porque pueden volar. Y lo más importante: el color vive en todas ellas, aunque quizás de forma diferente en cada una".

(Laura Mateos Candelario).