Inventando personajes




Jean Auguste Dominique Ingres, "Retrato de Madame Devauçai" (1807, Chantity, Museo Condé)






"Me educaron para que fuera tímida y sonriente. Mi madre siempre me decía que el adorno principal que debe lucir toda mujer es la dulzura. 'Sonríe, hija, sonríe. Es difícil que encuentre buen marido una muchacha agria, desaliñada o brusca. Tú sonríe siempre, complaciente: si algo te molesta, aprieta los labios con disimulo y, aunque te cueste, esboza una sonrisa, suave y perfecta. Y sé muy prudente; no tienes que decirle a todas horas a tu esposo lo que piensas o dejas de pensar, lo que te gusta o te disgusta, ni debes tampoco preguntarle con insistencia por sus cosas: los hombres ya saben lo que a nosotras nos conviene y velan por nuestro bienestar. Y sé también fina y educada; muévete con delicadeza, igual que si fueras una princesa, porque a los jóvenes no les agradan las mujeres demasiado decididas o desenvueltas. Muéstrate risueña pero no vayas a reírte a carcajada limpia, a mandíbula batiente como si fueras una criada vulgar'.
A fuerza de sonreír y sonreír, se me quedó esta expresión en la cara, como si fuera una mueca helada. A veces, a mí misma me cuesta saber lo que estoy pensando y, más aún, lo que estoy sintiendo".




Henri de Toulouse-Lautrec, "Mujer en un corsé" (1896, Toulouse, Musée des Augustins)


"Una decente casada de provinvias"

Esta mujer que ven aquí es mi esposa. Se está vistiendo a toda prisa porque tenemos que ir a la estación de trenes a recoger a nuestro hijo: el muchacho viene de Madrid -de la universidad- a pasar con nosotros las vacaciones de navidad. Llevamos casados algo más de veinte años. Ella, mi mujer, nació precisamente en la misma capital del reino. Su padre era uno de los más afamados abogados de Madrid, un hombre de mundo que tanto se codeaba con políticos como con terratenientes e incluso Grandes de España. Conocí a mi esposa cuando ella apenas contaba dieciséis años, y acababa de salir del colegio de las Ursulinas, donde había recibido la esmerada educación que las monjas acostumbran a dar a las muchachas de su posición. Fuimos novios durante poco más de un año y, una vez casados, ella se vino conmigo a esta ciudad de provincias, donde servidor ejerce de médico.
El nuestro ha sido un matrimonio feliz. Tanto que ahora, cuando la veo vestirse con tanta premura, aún hermosa después de muchos años, imagino que no se está vistiendo sino desnudando para mí, despacio y voluptuosa. Y que no es una esposa discreta y cristiana, sino una amante sensual y complaciente, una de esas cocottes llenas de lascivia capaces de llevar a los hombres a la perdición del pecado. Y yo aquí, su amante secreto y pecador.
Cuando le cuento lo que estoy pensando, ella se echa a reír y me mira, picarona, con los ojos muy abiertos, como si no pudiera dar crédito a mis palabras: "desde luego, marido, tienes una mente degenerada. ¿Quién sino tú iba a creer eso de mí, una decente casada de provincias?".



Mirón, "Discóbolo" (en torno al 455 a. C.; copia "Lancelotti", Roma, Museo Nazionale Romano)




"Yo solía estar entre los grandes atletas de Atenas. El disco era mi más preciado amigo y me hacía creer, una jornada más, que mi fuerza y mi agudeza eran dignas de ser premiadas.                                                                              Hasta que me enamoré, y todo se vino en mi contra. Jamás pensé que en unos juegos tan importantes para la ciudad iba a cometer tal fallo en mi lanzamiento. Pero ese día fue especial en otros sentidos. Recuerdo muy bien que, pensando en ella, permanecí más tiempo del que solía hacerlo en la posición propia del momento justo antes de proceder a lanzar el disco, como si alguien (alguna mirada, algún corazón) fuera a guardar esa imagen para siempre, esa imagen que duraría tan solo un minuto: aquel largo pero inquietante minuto anterior al peor lanzamiento que he hecho en toda mi vida de atleta".                                                                                 (Laura Mateos Candelario. Alumna de 2º de Bachillerato del I.E.S. Doctor Fernández Santana de Los Santos de Maimona, Badajoz).



Miguel Ángel Buonarotti, "Piedad del Vaticano" (1498-1499, Iglesia del Vaticano)




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"Avanzó por la calle atestada de gente, levantando polvo del camino a su paso. Comerciantes, artesanos o simples ciudadanos se saludaban y mantenían conversaciones amistosas. Reunida en torno a una puerta, había una multitud con expresiones de curiosidad o tristeza en sus rostros. Se acercó a averiguar qué sucedía, y no pudo ser poca su sorpresa y desolación al ver a su hijo tumbado dentro de aquella casa. Corrió hacia él, lo apoyó en su regazo llorando por dentro, y lo observó hasta que sintió su último latido".

(Rocío Domínguez Moa, alumna de 2º de ESO, curso 2013-2014)





Sandro Botticelli, "Nacimiento de Venus" (1445-1450, Galería de los Uffizi, Florencia)




 "Venus acaba de nacer, pero en su cara hay signos de tristeza. Su padre tuvo que morir para que ella viviera. Venus estaba presa en una concha situada en el Reino Marino, y los reyes de este reino pedían la cabeza de su padre a cambio de la suya. Él entregó su vida para salvar a su hija; por eso ella está triste. Al llegar a la superficie, que es lo que se admira en el cuadro, se encuentra arropada por el resto de su familia. Venus ha nacido y es una mujer hermosa, pero lleva la pena marcada en su rostro".

 (Javier Adámez Cidra, alumno de 2º de ESO, curso 2013-2014).




"Venus había sido creada para sufrir, para llevar por dentro todas las penas mientras su imagen difundía el amor y la sensualidad. Muchos la trataban como a la diosa que era, pero otros la veían como el simple rostro del erotismo.
Sin embargo, Venus no estaba conforme con su bella apariencia ni con la atracción que despertaba en los hombres. Era tímida pero debía representar un papel muy distinto: siempre aparecía desnuda aunque en realidad prefería taparse. Parecía como si no quisiera ser esa diosa a la que todos admiraban. Tenía todo lo que pudiera desearse pero siempre estaba un poco alejada ¿Quizá necesitaba amor verdadero y no sólo sensualidad? Tal vez necesitara alguien en quien poder confiar".

(Julia Martín, alumna de 2º de ESO, curso 2012-2013).



"La Venus de Botticelli es tan sólo una niña recién nacida con la mirada perdida en el gran mundo que la rodea.
Su delicada cara está triste, apagada..., desnuda ante el mundo sin nadie que pueda ayudarla más que un par de ninfas que la miran sin consuelo alguno. Piensa en cómo será su vida... Su inquietante mirada despierta nuestras emociones más profundas"

(Pilar Rodríguez, alumna de 2º de ESO, curso 2012-2013).





Fra Filippo Lippi, "Virgen con niño y dos ángeles" (1445, Galería de los Uffizi, Florencia)





"Me gusta esta obra porque expresa calma. Es misteriosa; no sabes lo que la virgen está pensando o lo que le habrá sucedido en la vida, todo lo que habrá tenido que sentir hasta ese momento. También me gusta por su simpleza, por su rostro tranquilizador y su mirada que esconde miles de historias.
Filippo Lippi pintó este cuadro en 1445, en el renacer de Europa. La obra muestra muy bien emociones como la sinceridad y el amor de una madre: es como si una nube hubiera pasado por delante de la pintura y se hubiera llevado toda la mala energía, dejando la esperanza y la bondad. Todo está pintado con una gran delicadeza, paciencia y dedicación".

(Paula López Santiago, alumna de 2º de ESO, curso 2012-2013).








Miguel Ángel Buonarotti, "Esclavos" (a partir de 1520, Galleria della Academia, Florencia)

"Dios intentó una nueva forma de crear al hombre. Se le ocurrió hacerlo de piedra, ya que era un material barato y no muy duro, con el que podría trabajar más fácilmente. Entonces, cuando tuvo preparados todos sus materiales, se puso 'manos a la obra'. Empezó tallando las piernas -los pies los dejó para el final, ya que tenían más detalles-, después el tronco, la mano derecha y la cara. Cuando el hombre ya iba cogiendo forma, Dios decidió tomarse un descanso. Se sentó en su mesa de trabajo y cerró los ojos hasta quedarse dormido, y su cuerpo cayó hacia un lado. La poción de la vida estaba sobre la mesa y el golpe hizo que cayese exactamente en el cuerpo de piedra, dándole la vida. El hombre intentó moverse para salir de aquella roca, pero era inútil porque su cuerpo formaba parte de ésta. Dios se despertó al oír los gritos del hombre de piedra y lo observó con sorpresa. Con rapidez, le intentó tallar los pies y lo que faltaba de su figura lo mejor que pudo. Al final, el hombre pudo salir de allí y vivir. Dios, satisfecho, intentó descansar esta vez en paz".


(Francisco Javier Márquez Lavado, alumno de 2º de ESO, curso 2013-2014).






Tribuna de las Cariátides, Templo de Atenea y Poseidón, "Erecteion" en la acrópolis de Atenas (421 a. C.-406 a. C.).


Mujeres orgullosas, altivas y fuertes
que sujetan mi templo.

Rígidas, frías
como si de estatuas hablásemos.

Débiles, frágiles, tiernas
como si las nubes tocasen.

Pálidas
como si la luz del sol no pudiese penetrar
lo oscuro de sus ojos.

Cálidas
como si el agua más pura emanase en manantial
de su vientre.

Pletóricas
como si su furia alcanzase el horizonte.

Bellas
como si su grito ansiado de libertad
no desgarrase mi alma.

Colosales
como si el peso de una flor no fuese suficiente.

Infinitas
como si fuera fácil la custodia del mundo.

Felices
como si allende el mar encontrasen la respuesta.

Pacientes
como si supieran que su ardua tarea,
un día,
sería admirada por los hombres.

(Alumno anónimo, curso 2014-2015)