Una obra de arte puede ser violenta, dulce, fea, hermosa, clásica o vanguardista; en ella caben las técnicas más variadas y los estilos más dispares. Es difícil hoy precisar dónde se hallan los límites del arte porque ya no disponemos, como en otras épocas, de criterios claros y seguros que nos permitan evaluar la valía de una obra. A menudo, es el instinto del observador -libre de prejuicios- quien más sabiamente se comporta a la hora de distinguir entre lo bueno, lo malo, lo digno y lo mediocre. No vivimos en un tiempo de certezas. Somos una sociedad que, por una parte, todo lo cuestiona y por otra sucumbe fácilmente ante cantos de sirena.
En medio de tal incertidumbre, no debiéramos perder de vista algo elemental: una obra de arte ha de ser elocuente; las grandes obras lo son, y mucho. Tanto, que la mirada del espectador llega a extraviarse gozosamente en ellas: miramos y miramos, y nuestra vista no acaba de saciarse porque la obra parece cobrar vida y nos habla, nos susurra cosas que entendemos sin entender. Nos adentra en un sendero feliz y misterioso que no tiene fin, y ya no queremos salir de allí. Así es el arte. Contemplar una creación artística es una experiencia gratificante e intensa, que convierte al observador en alguien semejante a los propios creadores. El arte no solamente se comunica con nuestro intelecto. Toca también nuestras emociones e incluso se posa en nuestros instintos más arraigados. Justamente por eso posee un inmenso potencial educativo y puede llegar a ser un auténtico maestro de nuestra vida emocional y afectiva. Es importante que una persona contemple obras de arte desde su primera infancia, cuando su sensibilidad, aún pura y sin malear, puede ser fácilmente educada. A esa edad el niño es capaz de asimilar con su inocencia instintiva todo tipo de estilos, porque su imaginación desconoce los prejuicios de los adultos, y sus emociones no oponen resistencia a cada nuevo conocimiento. Por eso, recomendamos a cualquier padre o educador que lleve a los más pequeños a ver museos y exposiciones, y que lo haga como si fuera un juego. Tened en cuenta que muchos museos organizan actividades para niños de alta calidad educativa.
A lo largo de este blog hemos seleccionado y comentado obras de arte de todas las épocas y estilos, insistiendo en su dimensión emocional y en las sensaciones que personalmente nos sugieren. Deseamos que las disfrutéis, que las contempléis como si fuerais niños, con la mente abierta y la mirada limpia. El sendero feliz y misterioso sigue abierto para todos.
En medio de tal incertidumbre, no debiéramos perder de vista algo elemental: una obra de arte ha de ser elocuente; las grandes obras lo son, y mucho. Tanto, que la mirada del espectador llega a extraviarse gozosamente en ellas: miramos y miramos, y nuestra vista no acaba de saciarse porque la obra parece cobrar vida y nos habla, nos susurra cosas que entendemos sin entender. Nos adentra en un sendero feliz y misterioso que no tiene fin, y ya no queremos salir de allí. Así es el arte. Contemplar una creación artística es una experiencia gratificante e intensa, que convierte al observador en alguien semejante a los propios creadores. El arte no solamente se comunica con nuestro intelecto. Toca también nuestras emociones e incluso se posa en nuestros instintos más arraigados. Justamente por eso posee un inmenso potencial educativo y puede llegar a ser un auténtico maestro de nuestra vida emocional y afectiva. Es importante que una persona contemple obras de arte desde su primera infancia, cuando su sensibilidad, aún pura y sin malear, puede ser fácilmente educada. A esa edad el niño es capaz de asimilar con su inocencia instintiva todo tipo de estilos, porque su imaginación desconoce los prejuicios de los adultos, y sus emociones no oponen resistencia a cada nuevo conocimiento. Por eso, recomendamos a cualquier padre o educador que lleve a los más pequeños a ver museos y exposiciones, y que lo haga como si fuera un juego. Tened en cuenta que muchos museos organizan actividades para niños de alta calidad educativa.
A lo largo de este blog hemos seleccionado y comentado obras de arte de todas las épocas y estilos, insistiendo en su dimensión emocional y en las sensaciones que personalmente nos sugieren. Deseamos que las disfrutéis, que las contempléis como si fuerais niños, con la mente abierta y la mirada limpia. El sendero feliz y misterioso sigue abierto para todos.
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| Retrato de la Gioconda (Leonardo da Vinci) |
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| Retrato de Inocencio X (Diego Velázquez) |
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| Maja desnuda (Francisco de Goya) |
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| Joven de la perla (Jan Vermeer de Delft) |
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| Beata Ludovica Albertoni (Gian Lorenzo Bernini) |
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| Moisés (Miguel Ángel Buonarotti) |
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| Gran odalisca (Jean Auguste Dominique Ingres) |






